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Desastre. Víctor Purizaca aguarda en la banca en donde antes se alzaba el parque más grande de Huarmey. (Luis Centurión)

Huarmey, entre la espera y la angustia [Crónica]

Una serie de huaicos han ocasionado que esta provincia ancashina pierda su color y una semana después, la reconstrucción parece una utopía.

 
Desde hace una semana, en el kilómetro 293 de la Panamericana Norte se ha formado una hilera interminable de vehículos que la polvareda apenas deja ver.

Mototaxis, camiones, autos y excavadores achicharran sus metales aguardando ingresar a la ciudad de Huarmey mientras que una cuadrilla de niños se acercan a los conductores para hacerles una pregunta estremecedora. 

– ¿Tendrá un poco de agua que me regale?

BAJO EL LODO

La avenida principal de Huarmey se llama Alberto Reyes y fue fundada a mediados de 1945 en honor al cabo huarmeyano del mismo nombre que peleó en la Batalla de Gueppi, en el marco del conflicto contra Colombia. Es miércoles y de la vía solo queda el nombre y el busto de metal que se alzó en honor al soldado. Una masa de poco menos de un metro de altura de lodo, basura y agua estancada cubre las seis cuadras de la avenida, la cual une a la Panamericana Norte con la Plaza de Armas.

El primer huaico en Huarmey ocurrió el miércoles 16 sobre las 10 de la noche. El río se desbordó cuando ya despedía a la ciudad, al final de la avenida 2 de Mayo. “En la chacra del ‘Viejo Tomás’”, aclara airado un vecino, quien culpa al dueño de no cubrir correctamente sus tierras ante la crecida del río.

Paula Gonzales y Julián Manrique son dueños de una librería en la Plaza de Armas y se lamentan de no tomar esa primera llegada como una alerta para evacuar y poner a salvo sus bienes. No lo hicieron. El primer desborde llegó hasta la Plaza, pero apenas mojó los adoquines plomos. El desastre vendría en el segundo huaico, uno que ha dejado a este distrito de poco más de 16 mil habitantes con el lodo hasta la cintura.

El jueves 16, a las 7 de la noche, el río Huarmey se desbordó por segunda vez. El pasaje Olaya, Dos de Mayo, Alberto Reyes, Grau, Pativilca y Calle Nueva dejaron de ser vías peatonales para convertirse en riachuelos marrones y agresivos. Jorge Chumbe vive cerca de la Plaza y recuerda que apenas le dio tiempo para salir de casa con sus dos hijos en brazos y ayudar a sus padres, de 84 y 90 años. Se salvaron de ser enterrados en vida.

 

Por si faltara más, dos huaicos y lluvias arrastraron más lodo por la ciudad ese mismo día. Las autoridades policiales indican que tan solo en este distrito hay más de 12 mil damnificados.

VIVIR EN LOS TECHOS

Desde el techo de su casa, en plena calle Dos de Mayo, un sujeto descalzo, con las manos embarradas, vocifera: “A la una y media van a traer comida”. Lo repite cinco veces hasta que sus vecinos se dan por enterados. A Julio Márquez lo conocen como ‘Kiko’ y desde que ocurrieron los huaicos, él se ha convertido en una suerte de dirigente de la cuadra. Tiene estatura mediana, pero cuenta con una gran voz y quizá eso fue lo determinante en su elección.

En Huarmey tampoco hay megáfonos que ayuden a organizar a los vecindarios.

‘Kiko’ se despidió de sus dos hijos y de su esposa el jueves pasado. Tras la caída de un tercer huaico, decidieron que lo mejor era ir a ponerse a buen resguardo en el puerto de la ciudad. “Tenemos que cuidar la casa de los saqueadores”, dice, a pesar de que no tiene nada que vigilar. Todas sus cosas quedaron enterradas.

Desde ese día, su casa ha sido el centro de acopio de toda la ayuda que de a pocos llega a la cuadra. Sobre el techo, ‘Kiko’ ha improvisado un cuarto con esteras como un iglú y adentro, un poco de ropa es su colchón. Los víveres que arriban a la cuadra Dos de Mayo primero se detienen en su vivienda: se separan en partes iguales y luego se reparten. Por ahora, el sistema parece funcionar en medio del caos.

A las 2 de la tarde, como había anunciado ‘Kiko’, irrumpe una camioneta con 100 almuerzos desde Lima. Del vehículo sale un joven presuroso que solo da una directriz: “Todos los de la cuadra formen una fila”. Niños, jóvenes, ancianos, uno detrás de otro. La comida, un guiso con huevo frito encima y jugo de maracuyá en bolsa, resulta un manjar a 30 grados centígrados.

LOCALES INSERVIBLES

Con impotencia y ojos húmedos, María Gamarra lanza una frase dura y poderosamente cierta: “El hospital ya no sirve”. Ella vive frente al Hospital de Apoyo Huarmey, el principal de la ciudad, y pudo ver con sus ojos cómo el lodo se apoderó de todos los ambientes ese jueves funesto. Los pacientes tuvieron que ser llevados a los techos de los cuartos y al día siguiente evacuados en botes. Un hospital de campaña se ha improvisado metros más allá de la zona afectada. Todos ruegan que no vuelva a llover.

El presidente Pedro Pablo Kuczynski visitó la ciudad este miércoles a bordo de un helicóptero. Desde el suelo, Emma Monsalve y Juliana Galán observan al enorme vehículo trasladarse al estadio del pueblo. El presidente aterrizó con dos ministras en el estadio municipal para entregar toneladas de ayuda. Horas antes, Keiko Fujimori se le había adelantado.

A pesar del trágico momento, Emma y Juliana se toman unos minutos para servir de guías. Con destreza para sortear el agua hedionda, el barro y la basura, narran cómo se veía la comisaría, el colegio, la parroquia Virgen del Rosario, el coliseo y el terminal terrestre antes de quedar hundidos. La desgracia no les ha impedido que estén agradecidas. “Lo más importante es la vida”, dice Emma. Se aguanta las lágrimas. No es para menos. La misma tragedia que viven allí se repite en el distrito vecino de Culebras. En total, el gobierno ha estimado que existen 40 mil damnificados en toda la provincia ancashina.

 

***

Llega la tarde en Huarmey y los niños continúan sorteando autos en la Panamericana Norte. Es mejor que andar en casa sacando el barro de sus cuartos, pensarán algunos. La tragedia se ha llevado sus juguetes, pero no ha apagado su imaginación. En medio del desastre, saltan encima del barro y hasta compiten entre ellos por llegar primero cuando un vehículo aparece. Sueltan también algunas sonrisas en medio del dolor, dosis necesaria para saber que este pueblo saldrá adelante.

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