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Un policía se mueve entre la congestión de la Carretera Central. (Luis Centurión)

La Carretera Central pone a prueba la paciencia de los conductores [Crónica]

Una larga fila de vehículos avanza muy lentamente desde el kilómetro 36 de la vía, mientras Chosica sigue en peligro.

 
Lima se recupera, pero olvida muy pronto. Mientras en una de las orillas del Rímac, cerca al puente Trujillo, tres sujetos queman basura; a la altura del kilómetro 36 de la Carretera Central, todo un vecindario espera la llegada de una cisterna de agua por la cual han pagado.

Por supuesto, la espera desespera. Lo saben los camiones embarrados y detenidos a un costado de la carretera. La cantidad de tiempo que llevan ahí varados es sencillo de determinar: si el chofer está dormido, son muchas horas de inamovilidad; si el chofer no está, son demasiadas. 

Hace unas horas, el ministro de Energía y Minas, señaló que la Carretera Central está abierta para el tránsito, pero con condiciones restringidas. “Eviten venir por acá quienes no necesiten usar(la)”, señaló.

Mientras más carros se suman a la cola y apagan su motor, un policía sube a su moto, acelera y se pierde en la distancia. Al rato vuelve para guiar al grupo de carros detenidos por la vía contraria y los acopla a una mayor congestión, tan solo un kilómetro más adelante.

Manuela Lidia Espinoza, está parada a un costado a la carretera con tres baldes vacíos. No tiene agua y vive con su esposo en una pequeña casa cerca a la ribera. “Yo estoy acá abajo, cuando viene la cisterna yo ya no llego”, cuenta mientras nos guía a su hogar.

En el lugar, comprobamos que la señora Espinoza podría perderlo todo si el río así lo decide. A pocos, muy pocos, metros de su casa, el río ya destruyó un muro de contención construido en noviembre del año pasado.

Cuenta que la Policía vino a desalojarla hace unos días y pasó la noche donde una vecina. Al día siguiente, pasada la urgencia, Espinoza volvió a su casa para reencontrarse con su pareja, quien se negó a abandonar el hogar y pasó la noche poniendo su vida en riesgo.

Y el riesgo es real: a la izquierda, una cancha de fútbol —que por alguna razón fue construida al lado del río—, ya está siendo socavada por el fuerte flujo de agua. Un gran charco en la losa se va haciendo más extenso y revela que falta muy poco para que todo se lo lleve la corriente.

“El jueves no he dormido, suena mucho el río, no se duerme bien ya”, cuenta Manuela Lidia.

Fotos: Luis Centurión.

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